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Vitaminas para Directivos: Vivir bajo presión

Seis de la mañana, me despierto inquieto, he tenido una pesadilla.

En el último momento los inversores ingleses se levantaban de la mesa de reuniones. En mi pesadilla la veía inmensa, mayor aún de lo que ya es.  Se nos fue la mano a mi socio y a mí cuando la compramos: queríamos comernos el mundo y compramos la mesa más grande de la tienda.

Smith, el inversor principal, empezaba a reírse a carcajadas y yo me iba sintiendo más y más pequeño.

Mis cuarenta y siete años se convertían de nuevo en diez, y temblaba sabiendo que mi historia como directivo de éxito se había terminado. La reunión de hoy a las 12h lleva grabada en mi cabeza tres largas semanas.

Es lo primero en lo que pienso al despertar y lo último que ocupa mi cabeza antes de dormirme. De esta reunión depende pasar al siguiente nivel o quedarse en el valle tranquilo que ya ocupamos y seguir siendo una empresa de éxitos pequeños.

¿Bastarán las cifras que hemos preparado? No puedo negar que hay cierto maquillaje en los números, sin llegar a mentir, por supuesto.

Por muchos años que lleve haciendo esto, no me acostumbro a ello. Pero soy un hombre clásico: nunca se lo comento a nadie.

Son las 11’40h, ¿me tomo otro café? Me pondrá más nervioso.

En este momento desearía dejar de ser yo durante un par de horas. Me miro en el espejo y veo a un tipo aún atractivo, impecablemente vestido.

Llegan antes de la hora prevista, noto como el corazón se ensancha  muy adentro. Les voy tendiendo la mano con firmeza y blandiendo mi sonrisa, también impecable.

Le llaman estrés pero en realidad se llama miedo.

Miedo a ser cuestionado, a perder todo lo conseguido, a que mi autoestima tenga el valor de la última inversión fallida.

Miedo a que al malabarista en que me he convertido se le paralicen las manos y se le caigan las mazas al suelo.

Empieza la reunión. Voy volviendo lentamente a mi cuerpo. Mi argumentario habitual, también impecable, empieza a fluir. Oigo como salen las palabras de mi boca con esa fluidez, como si no hubiera sentido nada adverso.

Pido otro café con un gesto suave, casi imperceptible. Mis huesos han vuelto a ocupar el lugar correcto debajo de mi piel. Hago lo que sé hacer bien y cerramos el trato.

¿Cómo gestionar la ansiedad de vivir bajo presión?

Algunas recomendaciones:

1- Sé consciente de tus emociones ante situaciones de presión:  Si te desconectas de lo que sientes el cuerpo generará síntomas diversos: hipertensión, soriasis, dolores musculares…

2- Trabaja tu humildad:  no lo podemos todo, siempre habrá operaciones que no salgan adelante, trabajos en los que no brillamos… Reconoce tus preocupaciones con tu círculo intimo, comparte tus ansiedades con tus iguales.

3- Trata de ser realista con tus capacidades: ¿cuál es tu disponibilidad real?  Agenda también tiempo para pensar y producir, sin interrupciones. Acepta sólo aquellos encargos que puedas acabar bien, ni uno más. Si eso no está en tu mano pasa al siguiente punto.

4- Practica la “delegación inteligente”. Eres un directivo, tienes personas a tu alrededor deseando asumir mas responsabilidades, sentirse validadas por ti. Deshazte de lo que puede hacer otra persona con menos responsabilidad.

5- Atiende a tu cliente o inversor con “verdad”, como dice @sergiofernández. No erijas un muro de oscuridad entre tú y él: sé claro y próximo. Los dos queréis lo mismo: hacer buenos negocios. A más verdad menos presión.

 

Laura Cardona

Consultoria Psicolgica

Poniendo en orden tu mundo laboral ordenaremos tu vida y tus emociones. Realizo un acompañamiento integral que une el Mentoring, el Coaching y la Psicologia para mejorar tus capacidades personales.

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